viernes, 23 de enero de 2026

 


Me habéis pedido que vuelva de nuevo, como otras Navidades, a escribir sobre mis blancos manteles, esos manteles que solo saco del armario en estas fechas y tras repasar mis anteriores escritos me surge la pregunta ¿Qué más puedo decir de mis blancos manteles? Ellos me conocieron joven e inexperta, ellos crecieron junto a mis hijos, pues según llegaban a mi vida unos, también llegaban ellos. Ahora tengo cuatro hijos y cuatro grandes manteles blancos. Cuando vinieron los primeros nietos yo les preparaba en Navidad una pequeña mesita adaptada a ellos con un mantel rojo con bordados de muérdago y bolas de colores. No sabía yo entonces que en pocos años necesitaría más mesas, más sillas y sobre todo más manteles y desde entonces el día 27 de diciembre lo dedico a planchar mis manteles de la Nochebuena para volver a utilizarlos en Nochevieja y esos manteles, tanto los primeros, como los recién llegados a casa, me cuentan anécdotas de la Nochebuena. Los más antiguos hacen reseña de los tiempos pasados, de cuando los abuelos me ayudaban a extenderlos sobre la única mesa del comedor o recuerdan a aquellos que fueron fundamentales e imprescindibles en aquella época y hace tiempo que no están con nosotros.

Sigo planchándolos, unos tras otros y cada uno me susurra alguna anécdota que yo ya había olvidado; cuando paso la plancha sobre la sombra de aquella mancha de salsa que cayó desde la fuente de los calamares rellenos y nunca supe quitar o la pequeña quemadura de un cigarro mal apagado de aquellos tiempos en que se fumaba hasta entre plato y plato.

¡Qué buena memoria tienen todos mis manteles navideños! Yo me voy haciendo mayor y se me olvidan muchas cosas, unas debido a la edad y otras porque la vida es sabia y me limpia los malos recuerdos y rellena sus huecos con los momentos felices vividos en tantas Nochebuenas del pasado. Los nuevos manteles blancos, los que no conocen toda mi vida, esperan pacientes a que les toque su turno para ser planchados y escuchan las viejas historias del más anciano, aquel que, a pesar del tiempo transcurrido, recuerda hasta la voz de mis hijos cuando estos se apoyan en él y lo acarician sabiendo que escucha paciente los mismos villancicos, los mismos chistes de aquel del extremo de la mesa y contemplan a aquella que no para de levantarse a traer desde la cocina esto y lo otro sin parar.

Todos ellos cubrieron esta última Nochebuena una, dos, tres, cuatro mesas e incluso hubo que añadir este año dos servilletas al final de la ultima porque mis nietos han crecido más de la cuenta y sobresale el ultimo tramo de la mesa. Para el próximo año buscare un nuevo mantel más largo aún, pero ahora que lo pienso ¿que haré con el ultimo que llegó? No puedo desecharlo sin más. Buscaré otra solución para él o aún mejor, demos tiempo al tiempo, un año tiene demasiados días y de aquí a las Navidades del año próximo pueden ocurrir muchas cosas, Tal vez vuelva buscar en el cajón de los manteles aquel rojo del muérdago y las bolas de colores y sobre él colocaré, ante los niños, como ahora, las hermosas copas del armario donde guardo lo mejor de la vajilla y de la cristalería, aunque sea tan solo para ver de nuevo sus ojos y bocas abiertas sorprendidos de semejante lujo.

Siempre se romperá algo y siempre se enfadará por ello el abuelo y siempre caerá una mancha sobre alguno de mis blancos manteles y estoy segura de que el manchado sonreirá satisfecho al considerar que esa marca será la huella de que él estaba allí y vivió una Navidad en mi casa, con mi familia, cubriendo alguna de mis mesas y mostrará a los nuevos, a los que vendrán después de él, la marca que le quedó de aquel día en que estuvo acompañándome en la Nochebuena de aquel año y contará y seguirá contando. Estos son mis blancos manteles, con algunas viejas manchas de vino o de salsa, pero siempre serán: ¡MIS BLANCOS MANTELES!

 

 


Mi pobre mantel rojo

Tantos años hablando con mi primer mantel blanco, aquel que me conoció desde que me casé, los siguientes manteles blancos que conocieron las voces de mis hijos desde bien pequeños, que sufrieron sus manchas de distintos colores, los manteles blancos que, mientras los planchaba, después de terminar los días de Navidad, año tras año me contaban cuantos habían venido a casa, cuantos habían faltado y cuantos, comentaban ellos, encontraban mucho más deteriorados que el año anterior. Todo eso era lo que yo os contaba cada año, pero este año 2025, esta Navidad ha venido con todo cambiado, Este año no ha sido nada igual.

¡Qué pena siento! Este año, terminadas las fiestas, quería sentarme a charlar con mi rojo mantel para que me fuera contando todas sus sensaciones, al igual que otros años han hecho sus amigos, los blancos manteles, pero no han salido las cosas como pensábamos. Después de poner uno de mis blancos manteles en la comida familiar del día veinticuatro, otro, en la cena de Nochebuena y el tercero en Navidad, fueron los tres a la lavadora y después de plancharlos, volvieron al cajón de los manteles de los días grandes y supongo que comentarían entre ellos todas las anécdotas de los encuentros familiares, de la ilusión de los niños cuando encontraron los regalos que aparecían por los lugares más insólitos de la casa de los abuelos y las bromas y los villancicos y las felicitaciones y los juegos y las risas y allí escuchando estaba el mantel rojo esperando a ser el protagonista de la Nochevieja y el día de Reyes.

Yo puse sobre mi mesa el mantel rojo, el que corresponde usar la noche de la reunión familiar de Nochevieja, el mantel de los mariscos y el cava, el mantel de las copas y los brindis, el mantel que aparece cubriendo mi familiar mesa, para brindar por el nuevo año y tomar las 12 uvas. El mantel rojo con sus ramas de acebo, con su gordo Papa Noel, con sus campanillas y sus velas esperaba encontrar, como todos los años la casa llena de gente feliz que reía y contaba campanadas, pero no, ese día la casa estaba fría y silenciosa.

Sobre mi mantel rojo no había copas, ni platos, no había nada ¿Qué estaba pasando? Sus servilletas rojas estaban dobladas sobre el mueble auxiliar y él seguía sin entender nada. Esperando y esperando se quedó dormido mi pobre mantel y tan solo despertó cuando lo retiraron en silencio, lo volvieron a doblar y lo colocaron junto a las servilletas. Las miró interrogándoles con la mirada, pero ellas tampoco entendían nada. ¿Tal vez se habían confundido de día? Tal vez, pero todo era muy extraño, porque quedaron allí, en silencio sin volver al cajón, seguramente el día de Reyes, con el Roscón sería la ocasión para disfrutar con los niños hurgando entre la crema y el chocolate buscando las monedas que la abuela prepara todos los años.

Yo apagué las luces y me marché de nuevo al hospital cerrando la puerta y dejando a mi querido mantel rojo en silencio confiando que tal vez el día de Reyes todos volverían a casa, pero no, pasaron los días y el mantel rojo seguía esperando y por fin llegó el día de Reyes y nadie vino a casa y escuchó que los abuelos estaban en un sitio lejos de casa que llamaban hospital. Este 2025, esta Navidad, la entrada al nuevo año, la reunión familiar alrededor de la mesa el día de Reyes, con el mantel de las risas de los niños y de los menos niños ha sido todo distinto, todo cambiado. Llegó ese día y seguía mi rojo mantel, en silencio, sobre mi mesa, sin voces, sin risas y sin niños queriendo encontrar más monedas que nadie entre la crema del roscón.

Hoy he vuelto a casa, todo estaba en silencio, he recogido mí mantel rojo, lo he doblado y lo he guardado en su lugar de siempre, sobre los manteles blancos que ya dormían cansados de los días pasados y allí quedó sorprendido, extrañado y en silencio, sin comprender que había ocurrido. El próximo año, cuando sea mayor le explicaré que pasó para que nadie le ensuciara con nata o chocolate, para que ninguna copa de cava se derramara sobre sus dibujos. Se lo explicaré, aunque tal vez, los blancos manteles se me adelantarán y le contarán todo lo que escucharon a lo largo de los días en que estuvieron cubriendo mi mesa. Seguramente será así y el tierno mantel rojo esperará las próximas Navidades y mientras tanto dormirá en su lugar de siempre, sobre los blancos manteles.