Mi pobre mantel rojo
Tantos años hablando con mi primer mantel blanco, aquel que me conoció desde que me casé, los siguientes manteles blancos que conocieron las voces de mis hijos desde bien pequeños, que sufrieron sus manchas de distintos colores, los manteles blancos que, mientras los planchaba, después de terminar los días de Navidad, año tras año me contaban cuantos habían venido a casa, cuantos habían faltado y cuantos, comentaban ellos, encontraban mucho más deteriorados que el año anterior. Todo eso era lo que yo os contaba cada año, pero este año 2025, esta Navidad ha venido con todo cambiado, Este año no ha sido nada igual.
¡Qué
pena siento! Este año, terminadas las fiestas, quería sentarme a charlar
con mi rojo mantel para que me fuera contando todas sus sensaciones, al igual
que otros años han hecho sus amigos, los blancos manteles, pero no han salido
las cosas como pensábamos. Después de poner uno de mis blancos manteles en la
comida familiar del día veinticuatro, otro, en la cena de Nochebuena y el
tercero en Navidad, fueron los tres a la lavadora y después de plancharlos,
volvieron al cajón de los manteles de los días grandes y supongo que
comentarían entre ellos todas las anécdotas de los encuentros familiares, de la
ilusión de los niños cuando encontraron los regalos que aparecían por los
lugares más insólitos de la casa de los abuelos y las bromas y los villancicos
y las felicitaciones y los juegos y las risas y allí escuchando estaba el
mantel rojo esperando a ser el protagonista de la Nochevieja y el día de Reyes.
Yo
puse sobre mi mesa el mantel rojo, el que corresponde usar la noche de la
reunión familiar de Nochevieja, el mantel de los mariscos y el cava, el mantel
de las copas y los brindis, el mantel que aparece cubriendo mi familiar mesa,
para brindar por el nuevo año y tomar las 12 uvas. El mantel rojo con sus ramas
de acebo, con su gordo Papa Noel, con sus campanillas y sus velas esperaba
encontrar, como todos los años la casa llena de gente feliz que reía y contaba
campanadas, pero no, ese día la casa estaba fría y silenciosa.
Sobre
mi mantel rojo no había copas, ni platos, no había nada ¿Qué estaba pasando?
Sus servilletas rojas estaban dobladas sobre el mueble auxiliar y él seguía sin
entender nada. Esperando y esperando se quedó dormido mi pobre mantel y tan
solo despertó cuando lo retiraron en silencio, lo volvieron a doblar y lo
colocaron junto a las servilletas. Las miró interrogándoles con la mirada, pero
ellas tampoco entendían nada. ¿Tal vez se habían confundido de día? Tal vez,
pero todo era muy extraño, porque quedaron allí, en silencio sin volver al
cajón, seguramente el día de Reyes, con el Roscón sería la ocasión para
disfrutar con los niños hurgando entre la crema y el chocolate buscando las
monedas que la abuela prepara todos los años.
Yo
apagué las luces y me marché de nuevo al hospital cerrando la puerta y dejando
a mi querido mantel rojo en silencio confiando que tal vez el día de Reyes
todos volverían a casa, pero no, pasaron los días y el mantel rojo seguía
esperando y por fin llegó el día de Reyes y nadie vino a casa y escuchó que los
abuelos estaban en un sitio lejos de casa que llamaban hospital. Este 2025,
esta Navidad, la entrada al nuevo año, la reunión familiar alrededor de la mesa
el día de Reyes, con el mantel de las risas de los niños y de los menos niños
ha sido todo distinto, todo cambiado. Llegó ese día y seguía mi rojo mantel, en
silencio, sobre mi mesa, sin voces, sin risas y sin niños queriendo encontrar
más monedas que nadie entre la crema del roscón.
Hoy
he vuelto a casa, todo estaba en silencio, he recogido mí mantel rojo, lo he
doblado y lo he guardado en su lugar de siempre, sobre los manteles blancos que
ya dormían cansados de los días pasados y allí quedó sorprendido, extrañado y
en silencio, sin comprender que había ocurrido. El próximo año, cuando sea
mayor le explicaré que pasó para que nadie le ensuciara con nata o chocolate,
para que ninguna copa de cava se derramara sobre sus dibujos. Se lo explicaré,
aunque tal vez, los blancos manteles se me adelantarán y le contarán todo lo
que escucharon a lo largo de los días en que estuvieron cubriendo mi mesa.
Seguramente será así y el tierno mantel rojo esperará las próximas Navidades y
mientras tanto dormirá en su lugar de siempre, sobre los blancos manteles.
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