Me habéis
pedido que vuelva de nuevo, como otras Navidades, a escribir sobre mis blancos
manteles, esos manteles que solo saco del armario en estas fechas y tras
repasar mis anteriores escritos me surge la pregunta ¿Qué más puedo decir de
mis blancos manteles? Ellos me conocieron joven e inexperta, ellos crecieron
junto a mis hijos, pues según llegaban a mi vida unos, también llegaban ellos.
Ahora tengo cuatro hijos y cuatro grandes manteles blancos. Cuando vinieron los
primeros nietos yo les preparaba en Navidad una pequeña mesita adaptada a ellos
con un mantel rojo con bordados de muérdago y bolas de colores. No sabía yo
entonces que en pocos años necesitaría más mesas, más sillas y sobre todo más
manteles y desde entonces el día 27 de diciembre lo dedico a planchar mis
manteles de la Nochebuena para volver a utilizarlos en Nochevieja y esos
manteles, tanto los primeros, como los recién llegados a casa, me cuentan
anécdotas de la Nochebuena. Los más antiguos hacen reseña de los tiempos
pasados, de cuando los abuelos me ayudaban a extenderlos sobre la única mesa
del comedor o recuerdan a aquellos que fueron fundamentales e imprescindibles
en aquella época y hace tiempo que no están con nosotros.
Sigo
planchándolos, unos tras otros y cada uno me susurra alguna anécdota que yo ya
había olvidado; cuando paso la plancha sobre la sombra de aquella mancha de
salsa que cayó desde la fuente de los calamares rellenos y nunca supe quitar o
la pequeña quemadura de un cigarro mal apagado de aquellos tiempos en que se
fumaba hasta entre plato y plato.
¡Qué
buena memoria tienen todos mis manteles navideños! Yo me voy haciendo mayor y
se me olvidan muchas cosas, unas debido a la edad y otras porque la vida es
sabia y me limpia los malos recuerdos y rellena sus huecos con los momentos
felices vividos en tantas Nochebuenas del pasado. Los nuevos manteles blancos,
los que no conocen toda mi vida, esperan pacientes a que les toque su turno
para ser planchados y escuchan las viejas historias del más anciano, aquel que,
a pesar del tiempo transcurrido, recuerda hasta la voz de mis hijos cuando
estos se apoyan en él y lo acarician sabiendo que escucha paciente los mismos
villancicos, los mismos chistes de aquel del extremo de la mesa y contemplan a aquella
que no para de levantarse a traer desde la cocina esto y lo otro sin parar.
Todos
ellos cubrieron esta última Nochebuena una, dos, tres, cuatro mesas e incluso
hubo que añadir este año dos servilletas al final de la ultima porque mis
nietos han crecido más de la cuenta y sobresale el ultimo tramo de la mesa.
Para el próximo año buscare un nuevo mantel más largo aún, pero ahora que lo
pienso ¿que haré con el ultimo que llegó? No puedo desecharlo sin más. Buscaré
otra solución para él o aún mejor, demos tiempo al tiempo, un año tiene
demasiados días y de aquí a las Navidades del año próximo pueden ocurrir muchas
cosas, Tal vez vuelva buscar en el cajón de los manteles aquel rojo del
muérdago y las bolas de colores y sobre él colocaré, ante los niños, como
ahora, las hermosas copas del armario donde guardo lo mejor de la vajilla y de
la cristalería, aunque sea tan solo para ver de nuevo sus ojos y bocas abiertas
sorprendidos de semejante lujo.
Siempre
se romperá algo y siempre se enfadará por ello el abuelo y siempre caerá una
mancha sobre alguno de mis blancos manteles y estoy segura de que el manchado sonreirá
satisfecho al considerar que esa marca será la huella de que él estaba allí y
vivió una Navidad en mi casa, con mi familia, cubriendo alguna de mis mesas y
mostrará a los nuevos, a los que vendrán después de él, la marca que le
quedó de aquel día en que estuvo acompañándome en la Nochebuena de aquel año y
contará y seguirá contando. Estos son mis blancos manteles, con algunas viejas manchas
de vino o de salsa, pero siempre serán: ¡MIS BLANCOS MANTELES!
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