viernes, 23 de enero de 2026

 


Me habéis pedido que vuelva de nuevo, como otras Navidades, a escribir sobre mis blancos manteles, esos manteles que solo saco del armario en estas fechas y tras repasar mis anteriores escritos me surge la pregunta ¿Qué más puedo decir de mis blancos manteles? Ellos me conocieron joven e inexperta, ellos crecieron junto a mis hijos, pues según llegaban a mi vida unos, también llegaban ellos. Ahora tengo cuatro hijos y cuatro grandes manteles blancos. Cuando vinieron los primeros nietos yo les preparaba en Navidad una pequeña mesita adaptada a ellos con un mantel rojo con bordados de muérdago y bolas de colores. No sabía yo entonces que en pocos años necesitaría más mesas, más sillas y sobre todo más manteles y desde entonces el día 27 de diciembre lo dedico a planchar mis manteles de la Nochebuena para volver a utilizarlos en Nochevieja y esos manteles, tanto los primeros, como los recién llegados a casa, me cuentan anécdotas de la Nochebuena. Los más antiguos hacen reseña de los tiempos pasados, de cuando los abuelos me ayudaban a extenderlos sobre la única mesa del comedor o recuerdan a aquellos que fueron fundamentales e imprescindibles en aquella época y hace tiempo que no están con nosotros.

Sigo planchándolos, unos tras otros y cada uno me susurra alguna anécdota que yo ya había olvidado; cuando paso la plancha sobre la sombra de aquella mancha de salsa que cayó desde la fuente de los calamares rellenos y nunca supe quitar o la pequeña quemadura de un cigarro mal apagado de aquellos tiempos en que se fumaba hasta entre plato y plato.

¡Qué buena memoria tienen todos mis manteles navideños! Yo me voy haciendo mayor y se me olvidan muchas cosas, unas debido a la edad y otras porque la vida es sabia y me limpia los malos recuerdos y rellena sus huecos con los momentos felices vividos en tantas Nochebuenas del pasado. Los nuevos manteles blancos, los que no conocen toda mi vida, esperan pacientes a que les toque su turno para ser planchados y escuchan las viejas historias del más anciano, aquel que, a pesar del tiempo transcurrido, recuerda hasta la voz de mis hijos cuando estos se apoyan en él y lo acarician sabiendo que escucha paciente los mismos villancicos, los mismos chistes de aquel del extremo de la mesa y contemplan a aquella que no para de levantarse a traer desde la cocina esto y lo otro sin parar.

Todos ellos cubrieron esta última Nochebuena una, dos, tres, cuatro mesas e incluso hubo que añadir este año dos servilletas al final de la ultima porque mis nietos han crecido más de la cuenta y sobresale el ultimo tramo de la mesa. Para el próximo año buscare un nuevo mantel más largo aún, pero ahora que lo pienso ¿que haré con el ultimo que llegó? No puedo desecharlo sin más. Buscaré otra solución para él o aún mejor, demos tiempo al tiempo, un año tiene demasiados días y de aquí a las Navidades del año próximo pueden ocurrir muchas cosas, Tal vez vuelva buscar en el cajón de los manteles aquel rojo del muérdago y las bolas de colores y sobre él colocaré, ante los niños, como ahora, las hermosas copas del armario donde guardo lo mejor de la vajilla y de la cristalería, aunque sea tan solo para ver de nuevo sus ojos y bocas abiertas sorprendidos de semejante lujo.

Siempre se romperá algo y siempre se enfadará por ello el abuelo y siempre caerá una mancha sobre alguno de mis blancos manteles y estoy segura de que el manchado sonreirá satisfecho al considerar que esa marca será la huella de que él estaba allí y vivió una Navidad en mi casa, con mi familia, cubriendo alguna de mis mesas y mostrará a los nuevos, a los que vendrán después de él, la marca que le quedó de aquel día en que estuvo acompañándome en la Nochebuena de aquel año y contará y seguirá contando. Estos son mis blancos manteles, con algunas viejas manchas de vino o de salsa, pero siempre serán: ¡MIS BLANCOS MANTELES!

 

 


Mi pobre mantel rojo

Tantos años hablando con mi primer mantel blanco, aquel que me conoció desde que me casé, los siguientes manteles blancos que conocieron las voces de mis hijos desde bien pequeños, que sufrieron sus manchas de distintos colores, los manteles blancos que, mientras los planchaba, después de terminar los días de Navidad, año tras año me contaban cuantos habían venido a casa, cuantos habían faltado y cuantos, comentaban ellos, encontraban mucho más deteriorados que el año anterior. Todo eso era lo que yo os contaba cada año, pero este año 2025, esta Navidad ha venido con todo cambiado, Este año no ha sido nada igual.

¡Qué pena siento! Este año, terminadas las fiestas, quería sentarme a charlar con mi rojo mantel para que me fuera contando todas sus sensaciones, al igual que otros años han hecho sus amigos, los blancos manteles, pero no han salido las cosas como pensábamos. Después de poner uno de mis blancos manteles en la comida familiar del día veinticuatro, otro, en la cena de Nochebuena y el tercero en Navidad, fueron los tres a la lavadora y después de plancharlos, volvieron al cajón de los manteles de los días grandes y supongo que comentarían entre ellos todas las anécdotas de los encuentros familiares, de la ilusión de los niños cuando encontraron los regalos que aparecían por los lugares más insólitos de la casa de los abuelos y las bromas y los villancicos y las felicitaciones y los juegos y las risas y allí escuchando estaba el mantel rojo esperando a ser el protagonista de la Nochevieja y el día de Reyes.

Yo puse sobre mi mesa el mantel rojo, el que corresponde usar la noche de la reunión familiar de Nochevieja, el mantel de los mariscos y el cava, el mantel de las copas y los brindis, el mantel que aparece cubriendo mi familiar mesa, para brindar por el nuevo año y tomar las 12 uvas. El mantel rojo con sus ramas de acebo, con su gordo Papa Noel, con sus campanillas y sus velas esperaba encontrar, como todos los años la casa llena de gente feliz que reía y contaba campanadas, pero no, ese día la casa estaba fría y silenciosa.

Sobre mi mantel rojo no había copas, ni platos, no había nada ¿Qué estaba pasando? Sus servilletas rojas estaban dobladas sobre el mueble auxiliar y él seguía sin entender nada. Esperando y esperando se quedó dormido mi pobre mantel y tan solo despertó cuando lo retiraron en silencio, lo volvieron a doblar y lo colocaron junto a las servilletas. Las miró interrogándoles con la mirada, pero ellas tampoco entendían nada. ¿Tal vez se habían confundido de día? Tal vez, pero todo era muy extraño, porque quedaron allí, en silencio sin volver al cajón, seguramente el día de Reyes, con el Roscón sería la ocasión para disfrutar con los niños hurgando entre la crema y el chocolate buscando las monedas que la abuela prepara todos los años.

Yo apagué las luces y me marché de nuevo al hospital cerrando la puerta y dejando a mi querido mantel rojo en silencio confiando que tal vez el día de Reyes todos volverían a casa, pero no, pasaron los días y el mantel rojo seguía esperando y por fin llegó el día de Reyes y nadie vino a casa y escuchó que los abuelos estaban en un sitio lejos de casa que llamaban hospital. Este 2025, esta Navidad, la entrada al nuevo año, la reunión familiar alrededor de la mesa el día de Reyes, con el mantel de las risas de los niños y de los menos niños ha sido todo distinto, todo cambiado. Llegó ese día y seguía mi rojo mantel, en silencio, sobre mi mesa, sin voces, sin risas y sin niños queriendo encontrar más monedas que nadie entre la crema del roscón.

Hoy he vuelto a casa, todo estaba en silencio, he recogido mí mantel rojo, lo he doblado y lo he guardado en su lugar de siempre, sobre los manteles blancos que ya dormían cansados de los días pasados y allí quedó sorprendido, extrañado y en silencio, sin comprender que había ocurrido. El próximo año, cuando sea mayor le explicaré que pasó para que nadie le ensuciara con nata o chocolate, para que ninguna copa de cava se derramara sobre sus dibujos. Se lo explicaré, aunque tal vez, los blancos manteles se me adelantarán y le contarán todo lo que escucharon a lo largo de los días en que estuvieron cubriendo mi mesa. Seguramente será así y el tierno mantel rojo esperará las próximas Navidades y mientras tanto dormirá en su lugar de siempre, sobre los blancos manteles.

miércoles, 3 de enero de 2024

 






Un año más, mis blancos manteles


De nuevo regresa el tiempo de Navidad, el tiempo de mis blancos manteles, esos blancos manteles que todos los años, por este tiempo, cubren mis mesas. Empezaron cubriendo tan solo una mesa, alrededor de la cual nos sentábamos en Nochebuena con los abuelos y los pequeños de entonces. Pasado algún tiempo fue cambiando el entorno, los abuelos no están y en su sitio se sientan niños y más niños que dejan caer sobre mis manteles un vaso de algo derramado, un trozo de pan, una mancha de salsa que no habrá manera de limpiar del todo, manchas que aparecen cuando voy a planchar y vuelven de nuevo a la lavadora.

¿Por qué yo no digo mi blanco mantel y lo escribo en plural? Porque año a año se han reunido en casa familia y amigos para celebrar que aún estamos vivos y que nos queremos y necesitamos una mesa grande y otra pequeña y luego dos mesas y otra más pequeña, pero en todas ellas mis blancos manteles de la Navidad. Como dije en tiempo ¡si mis manteles hablasen!¡Cuántas historias podrían contar! porque desde aquellos tiempos en que cuatro niños soñaban con hacerse grandes y salir de noche para ver llegar a Papá Noel, ese tipo gordo y colorado que trae en Nochebuena parte de lo que ellos pidieron a Sus Majestades Los Reyes de Oriente o ahora, con todo el bullicio que organizan nietos de muchas edades con guitarras, villancicos nuevos y también aquellos que saben cantar sus padres y abuelos.

Mis blancos manteles conocen a nuevas personas que acuden a casa cada nuevo año y escuchan las voces de niños que crecen y observan los cambios que el tiempo produce en sus viejos amigos de siempre y se alegran de mirar y ver que no falta nadie, que siguen estando sentados a la mesa grande los de siempre y en las otras mesas la gente más joven hablando de nuevos proyectos y los más pequeños ensuciando de nuevo, como antes y ahora, pero sin querer, con algún refresco mi blanco mantel.

Supongo que luego, cuando acabe esto, cuando ellos, mis blancos manteles regresen de nuevo al cajón aquel donde se reúnen para descansar de tanto trasiego, de copas y fuentes sobre sus espaldas, hablarán de mí, de cómo me encuentran, de cómo he cambiado, de a quien conocieron estas Navidades y canturreando viejos villancicos se irán poco a poco  durmiendo de nuevo y en sus sueños blancos estaremos todos los que junto a ellos comimos, hablamos, reímos y prometimos reunirnos de nuevo el año que viene, pero siempre terminando la frase con el clásico “Si Dios quiere”.

                                                                                                                                                    

viernes, 6 de octubre de 2023



     Una vez más iniciamos el curso en la Tertulia Athenea y una vez más nos alegramos por el reencuentro. Respondiendo a la convocatoria de Fina y de Clara, de Clara y de Fina nos volvimos a encontrar en el Rectorado. Las alegrías no eran fingidas, era real la alegría de volvernos a ver, de contarnos todo lo vivido desde Junio, aunque el whatsapp no ha dejado de echar humo durante todo el verano, ya que este grupo es mucho más que una tertulia cultural: es un foro en el que se intercambia todo tipo de información los trescientos sesenta cinco días del año, pero así y todo ayer conocimos diferentes modos de cómo ha transcurrido el verano.

Insisto en que este grupo es mágico, formado por gente mágica, capaz de sorprendernos a pesar del tiempo que nos conocemos. Por ejemplo: Clara nos mostró un álbum fotográfico, con miles de fotos en los que aparecen desde sus bisabuelos hasta nuestros días, perfectamente ordenados, que ha elaborado para regalar a sus descendientes con el fin de que conozcan su historia familiar. Un gran trabajo lleno de amor por su familia.

Si creíamos que el álbum de Clara era un gran trabajo digno de elogiar, apareció, como de la chistera de un mago, un libro maravillosamente editado con el título “Mi familia” en donde estaba reflejada la vida de Encarni. Previamente ella nos conto cómo surgió la experiencia de escribirlo en folios a mano día a día y como pareció sorpresivamente transformada en este singular libro gracias a uno de sus hijos.

Estábamos todas tan admiradas con ambos trabajos que no se nos ocurrió hacer fotos para mostrároslo a las que no tuvisteis la oportunidad de acompañarnos ayer tarde.

No quedó ahí la descripción de los diferentes veranos de cada una de nosotras. Los hubo divertidos, cómicos, sorprendentes y geniales. Como siempre, la tarde se nos hizo corta y “quedamos para quedar” en nuestra próxima reunión, que seguro que nos deparará nuevas alegrías, conocimientos y sorpresas. ¡Se inicia el nuevo curso 2023-2024!

martes, 28 de marzo de 2023



Un Viernes Santo más

    Hace tiempo que no entro por aquí, porque total, nadie me sigue, nadie me lee, nadie opina a favor o en contra de lo que escribo, pero aqui estoy de nuevo "enredandome en la red"

La verdad es que me encanta escribir de mis cosas, de lo que me pasa, de lo que sea y ahora que se acerca, un año mas, la Semana Santa voy a contaros lo de siempre: que algunos de mis hijos salen, acompañando al Santo Sepulcro (la joya de nuestra Semana Santa), que algunas de mis nietas desfilan junto al Cristo del Expolio, otras van vestidas de monaguillas y parte del resto iran de nazarenos.

Un año más me encuentro probando túnicas negras, azules o moradas, arreglando bajos ( unas veces sacando y otras metiendo), buscando zapatillas, hebillas, calcetines, guantes, medallas que duermen año tras año en cajas en cajones, armarios y altillos y siempre, siempre hay que salir deprisa y corriendo a comprar, pedir o arreglar cualquier parte del vestuario oficial de cada uno de mis queridos familiares y amigas. Si, amigas, de las que a lo mejor no he sabido nada en todo el año, pero que en estas fechas me llaman para preguntarme si tengo algún traje de nazareno, alguna vara o medalla para prestarles para un hijo/hija, nieto/nieta o vecino/vecina. Ellas saben que tengo todas las medidas que precisen.



Compromisos de ultima hora que todos los años, aunque parezca imposible,siempre terminan bien como las peliculas romanticas y por fin la noche del Viernes Santo cansada, agotada, exhausta pero muy feliz me lanzo a la calle para contemplar un año más el paso de la mejor Procesión del mundo mundial, ya que en ella sale mi gente acompañando al Cristo del Expolio y al Santo Yacente.



Un año más, una Semana Santa más, un Viernes Santo, marrajo y cartagenero más. ¿Hasta cuando?



lunes, 9 de enero de 2023

 

En torno a mis blancos manteles



Una vez más vuelvo a retomar el tema de todos los años por este tiempo: Mis manteles navideños. ¿Qué tendrá de particular el tiempo de Navidad para que yo me siente delante del ordenador y piense, recuerde o reflexione sobre mis manteles?

En casa comemos durante los trescientos sesenta y cinco días del año sobre manteles manteles, es decir manteles de tela de diversos colores y tamaños: pequeños, si solo comemos nosotros dos, medianos si alguien se invita, lo cual suele ser un día sí y otro también y manteles grandes para fines de semana, cumpleaños, aniversarios y muchos motivos más. Son aquellos manteles que cuando bordaba mi ajuar, pensaba que iban a estar más tiempo escondidos al fondo del cajón de abajo que sobre mis mesas ¡que inocente era pensar que solo nosotros, los niños y a veces algún familiar o amigo se sentaría a mi mesa!


En este momento en que escribo ya no es Navidad, pasaron los Reyes, vinieron los nietos a quitar adornos y luces y el árbol, todo recogido en distintas cajas. Ya tengo guardadas las bellas figuras del Misterio Navideño: La Virgen, el Niño, San José, los Reyes y el buey y la mula, por cierto este año el buey ha perdido un cuerno, menos mal que ha aparecido entre la mantita que cubría al Niño ¿Se sabrá quién fue el que lo rompió? ¡me temo que no!


Perdón, yo quería hablaros de aquellos manteles que solo se usan en la Navidad y que ahora están durmiendo de nuevo, lavados, planchados, cubiertos de papel de seda como me enseñó hace muchos años a hacerlo mi madre y ahí están guardados hasta que otra vez sea Nochebuena. 

No sé si estaré o estaremos todos los que este año hemos compartido mesas y manteles y lo digo usando el plural, porque en esta casa celebramos muchos, comidas y cenas y necesitamos dos mesas o tres. Viene la familia, vienen los amigos y el número aumenta cada año más y yo como soy algo pesimista, o tal vez realista, no quiero guardar nada en los cajones y abro los armarios y saco a la mesa  la cubertería de plata y salen las copas mejores (hasta a los más chicos les servimos agua en mis altas copas) y pongo en las mesas aquella vajilla que tiene sopera, salseras y fuentes y todos los años se rompe una copa, un cuenco, algún plato ¿y qué importa? 

Antes, cuando se fumaba en casa, a veces veía al ir a planchar, una quemadura y otras veces más, pero ahora tan solo aparecen manchas que son resistentes a mi detergente y entonces me llueven consejos de toda la gente de mi alrededor que me dan la fórmula mágica para eliminarlas y vuelven de nuevo a lucir totalmente blancos y yo me pregunto como cada año; Cuándo yo no esté, ¿Quien se encargará de usar mis manteles? ¿En casa de quién y sobre qué mesas? ¿Quién los lavará después de las fiestas y los planchará? 

Son tantas preguntas que me hago a solas, aunque sé que a nadie le importa lo que yo les digo desde hace años, a estos manteles tan blancos que llevan conmigo, oyéndome hablar mientras que los plancho, mientras que los guardo y les voy contando la felicidad que siento al mirar a mis hijos y al ver a mis nietos cantar villancicos, brindar por la vida con todos mis seres queridos, sentados en torno a mis mesas, cubiertas de blancos manteles…

martes, 18 de enero de 2022

¡Feliz Año Nuevo!

 

Tengo que escribir, tengo que obligarme a ello aunque no me apetece o más bien no sé para qué escribir. Despedí el año e inicié éste sin tener ganas de nada, no solo de escribir, sino de leer, pasear o cualquier cosa que me hiciera salir de la rutina diaria necesaria para sobrevivir. Todos los días me parecen iguales y sin embargo todos los días ocurren cosas distintas: Alguien muere, tal vez demasiados, alguien nace, aunque muy pocos se deciden a nacer en estos tiempos extraños y los días pasan y los meses también y llega un Año Nuevo lleno de ¿esperanzas, ilusiones?

Recuerdo otros años en los que brindábamos felices en Nochevieja porque creíamos firmemente que el año entrante nos daría nuevas experiencias. Soñábamos ilusionados con multitud de proyectos y nos decíamos unos a otros “el nuevo año voy a…” y ahí colocábamos un proyecto, un viaje, una actividad, cualquier cosa que nos ilusionara, pero este año llegó la Navidad sin las maravillosas reuniones multitudinarias de otros años, llegó Nochevieja y las uvas entraron lentamente en nuestra boca sin brindis, sin promesas a cumplir para el nuevo año.

No creáis que estoy deprimida, no es eso. Es tan solo, que reflexiono ahora comparando este 2022 con los muchos vividos, en los que el cambio de año suponía una serie de momentos felices e ilusionados. No voy a negar que a lo largo de mi vida he vivido Navidades tristes y otras muy tristes por las ausencias de seres queridos, pero había esperanza, había niños, futuros ilusionados, pero ¿Qué nos ofrece este año que ahora empieza? Más dosis de vacuna, más tiempo de mascarillas, menos encuentros familiares o de amigos, más rutina.

Perdonadme estas reflexiones. Quisiera ser optimista, ver la luz al final de este largo y estrecho túnel y me esfuerzo en ello, pero empiezo a cansarme de esperar. Me viene a la memoria la canción de Serrat, aquella que contaba la historia de Penélope, esperando en el andén o la otra Penélope que tejía y destejía esperando el regreso de su amado Ulises. Sigo teniendo fe en que mi tren llegará cargado de nuevo de ilusiones y todas las personas a las que ahora extraño volverán y recordaremos estos tiempos como un sueño, como una triste pesadilla que olvidaremos, para enfrentarnos a nuevas Navidades, Años Nuevos y sobre todo Reyes Magos cargados de regalos, ilusiones y esperanzas. ¡Feliz Año Nuevo!

lunes, 20 de diciembre de 2021

 Ser de Cartagena


    Escuché hace algún tiempo de boca de una persona de fuera de nuestra región decir: – Si no vives en el eje que discurre desde la calle Mayor hasta la Alameda no eres auténticamente cartagenero- y aquello me produjo sorpresa, perplejidad y rabia.

    Cartagena es mucho más que “el eje”. En Cartagena hay muchas más Cartagenas.: La Serreta, el Ensanche, la calle del Duque, los barrios todos: el de Los Dolores, San Antón, Santa Lucía, Los Molinos, La Concepción., los más modernos que han ido surgiendo a partir de los años sesenta.

No sé porqué aquella decía que Cartagena era tan sólo esa pequeña porción. Tal vez quería indicar que los vecinos de esa zona tienen unas características peculiares, pero de la misma forma todos y cada uno de nosotros estamos hechos de una pasta mitad herencia y mitad barrio. No “respira” igual alguien nacido en Santa Lucía con su luminosidad, con la brisa marina llenándolo todo, con la vista del mar, que aún siendo el mismo mar, no es el mismo que se contempla desde lo alto de la Muralla del Mar, ese sitio que les concede el privilegio a sus vecinos de contemplar la bocana, los faros y hasta la isla de Escombreras.

No es lo mismo, de igual forma que los que nacieron en la muralla de Tierra, fueron durante muchísimos años dueños de todo el espacio que abarcaba su vista hacia el Ensanche. Desde el Cantarranas lograban ver el tren desde que salía de la estación hasta que se perdía en el Barrio de Peral, Los Molinos.otro barrio peculiar con sus casas de recreo similares y a la vez diferentes de las del Barrio de Los Dolores en donde los niños y las niñas crecen en auténticos huertos donde se puede oler la primavera en las flores de los abundantes jardines.


    Cartagena milenaria, los que han tenido la suerte de vivir en Cuatro Santos, Concepción, Faquineto o en la Puerta de la Villa y han jugado sobre ruinas históricas y sin saberlo ellos mismos están impregnados de ese pasado grandioso que les hace andar erguidos y orgullosos de ser cartageneros. 

    Los vecinos que residen en La Serreta, la Caridad y sus múltiples callejas, tienen suerte, pueden ver a la Virgen, Nuestra madre cuando bajan, cuando suben y cuando van a la compra. ¡Claro que son diferentes! No es lo mismo el vivir en San Antón, con sus fiestas populares, que en el barrio de la Concepción atravesando ese puente entre la boria que sube de La Algameca,  que vivir en esas calles por donde pasan siempre los desfiles procesionales. Los vecinos de estas calles tienen un modo de ser diferentes por completo del resto y es que escuchar desde casa las marchas o los cohetes y adivinar qué agrupación está ahora saliendo de Santa María les hace  ser diferentes. No es lo mismo.

Igual que son diferentes los que viven respirando el salino aire de mar y que no saben estar alejados de su puerto, de las gaviotas, los barcos... Conozco a cartageneros que viven en Tentegorra o en Santa Ana y para ir a sus casas desde La Manga o Perín, necesitan dar el rodeo necesario para pasar frente al mar.

Cartageneros distintos, diferentes en sus maneras de hablar y sobre todo pensar y aunque tengamos aquí comercios de todo tipo para unificar la ropa, el mobiliario y hasta la marca de coche, cada uno de nosotros llevamos grabado a fuego una huella diferente que nos hace ser distintos según hayamos nacido en una calle o en otra y aunque digamos que somos de Cartagena, en seguida confesamos orgullosos de que barrio, de que calle procedemos y es por ello que volviendo al inicio de este escrito no es verdad que sean sólo los del “eje” los auténticos: yo soy de aquí y he nacido cerca de la palmera del lago,  he vivido en el paseo (así nombramos aquí el paseo de Alfonso XIII) después me fui hacia el ensanche y ahora vivo en Tentegorra ¿y por no vivir en las tres calles del Centro yo no soy cartagenera?  No tengo ninguna duda: soy de aquí, de pura cepa. Cartagenera ¡y a mucha honra!     





martes, 14 de septiembre de 2021

Cuando llega Septiembre


Todos los años, Septiembre nos invita a preparar el nuevo curso, cerrando la puerta del apartamento ( o la del chalet o la finca según quien sea) guardar bañadores, pareos, camisetas y pamelas hasta el próximo verano, matricularnos en los dos o tres cursos nuevos, aunque de algunos de ellos nos demos de baja, porque no eran lo que pensábamos.

Ya en casa, abrimos el armario, nos miramos al espejo y al probarnos las prendas que dejamos en Mayo o Junio, pensamos que algo las ha encogido, quizás las bolsitas de ambientador o las pastillas antipolillas que pudimos antes de irnos de vacaciones. 

Avanza Septiembre y buscamos la dirección de un buen gimnasio, de una piscina, tal vez de un nutricionista o algún endocrino, porque esto no es normal, debe ser el metabolismo o un mal funcionamiento orgánico porque los helados del verano, la sangría, las cervezas y las siestas no puede ser.
Miedo me da volver a encontrarme con las amigas de siempre, pero no queda más remedio que aceptar sus miradas sorprendidas, sus sospechosos silencios al escucharnos pedir una cerveza o un vino en lugar de manzanilla o un té verde, rojo o negro.

Llega Septiembre y al igual que en Año Nuevo nos proponemos cambiar de estilo de vida pero sabemos que nada nos va a cambiar, seguiremos encontrándonos con nuestra gente de siempre, en los lugares de siempre, igual que todos los años cuando termina el verano.
Nota: Aunque el Levante me invite a dejar mi playa, no puedo hacerlo ¡Me quedaría siempre aquí!

miércoles, 26 de mayo de 2021

¿Viajar o hacer turismo?

  

 

 

¿Viajar o hacer turismo?





¿Viajar o hacer turismo? ¿Conocer nuevos sitios o volver a aquellos en los que fuimos felices? ¿Solas o en compañía? Preguntas y más preguntas que cada cual responderá a su modo. Yo siempre he preferido viajar despacio, parándome a contemplar una puesta de sol, ropas tendidas de lado a lado en una húmeda calleja, fotografiar un niño, casi un bebé, mordiendo toda una barra de pan. No me gusta hacer turismo y sin embargo lo he practicado con frecuencia. Ese turismo que llaman cultural en los que visitas una hermosa ciudad, duermes en la siguiente y te despiertas a desayunar  rápido porque hay que salir hacia otra ciudad. En estos circuitos culturales hay que hacer muchas fotos en lugar de disfrutar de lo que vemos, porque hay prisa, mucha prisa y tan solo al regresar a casa, revisar esos lugares en las fotos que no nos dicen nada y lo dicen todo.



Ahora, cuando la pandemia nos mantiene enclaustrados en casa sin posibilidad de viajar, sueño con esos lugares que me esperan o que quiero creer que me están esperando: La Provenza, Lisboa de nuevo, volver a cenar en el Trastévere o simplemente regresar a La Alcarria.

Confinadas en casa, leemos mucho más que antes, ya que hay tiempo para ello y optamos por esos libros que nos cuentan viajes maravillosos y elegimos recrearnos con novelas que nos describen con todo tipo de detalles el olor característico de las orillas del Ganges, el calor húmedo de El Cairo o el verde lujurioso del camino de Santiago. Recorremos el arte románico de la Ribeira Sacra, degustamos ese café que no pudimos saborear en Viena y viajamos en el Oriente Exprés con Hércules Poirot, aunque más cerca de casa, también podemos soñar con hacer otros recorridos muy románticos y plenos de historia y cultura en tren por Andalucía o la Cornisa Cantábrica.

                  

 


        Se mezclan los recuerdos con los sueños. Olvidamos el dolor de pies, las carreras, el cansancio de nuestros anteriores viajes y nos quedamos con flashes, breves pero intensos, como la música que sonaba aquella noche bajo la luz de la Luna en aquella playa del Norte, la emoción de contemplar la entrada de miles de jóvenes a la Plaza del Obradoiro, los paisajes de arena y sal que se dominan desde lo alto del faro de Trafalgar.

Momentos que no tienen nada que ver, por lo menos para mí, con esas fotos de grupo que ocultan la belleza del monumento que tenemos a nuestra espalda. Me quedo con esas imágenes que la cámara no recogió, pero que están grabadas a fuego en la memoria, como ese viejo pintor junto al Sena, allá  en el margen derecho, donde los bouquinistas nos ofrecen sus libros antiguos, o aquellos niños que miraban asombrados el cuadro de Las Meninas en el Prado.

 

            


Comprendo que habrá muchas personas que disfrutan en los cruceros o  comprando suvenires en los cientos de pueblos y ciudades o fotografiándolo todo, pero yo sueño con poder volver de nuevo a viajar con poco equipaje y mucho tiempo, sola o en buena compañía y caminar despacio, muy despacio por lugares tranquilos, por valles y aldeas con viejas callejas, torres con nidos de cigüeñas, lagos azules y oscuras ermitas. Me apetece cenar en aquel lugar de manteles de cuadros azules y probar ese pan y aquel vino.


Esta pandemia me ha pasado por encima y me ha vuelto más mayor, pero sigo sin añorar los cruceros fabulosos ni los completos circuitos culturales de aquellos mis años mozos. ¿Y vosotras que opináis? ¿Echáis en falta aquel viaje que hicisteis con los amigos de siempre o tal vez el que hace tiempo, siendo jóvenes entonces, con el coche lleno a tope de niños y de maletas? Cada cual es diferente. Cada una de nosotras tiene en mente ese viaje que aún está por hacer y que tal vez, cuando salgamos de esta lo podamos realizar o tal vez ya nos pille muy mayores y no podamos hacerlo. ¿Quién lo sabe? No lo sé. A quien sí lo pueda hacer, le deseo ¡buen viaje!

sábado, 30 de enero de 2021

Con esto, poco a poco llegué al puerto…






 



Hace algunos años escribí este trabajo sobre Miguel de Cervantes y su azarosa vida. Ahora me apetece volver a leerlo. Es una mezcla de realidad y fantasia.

 

Con esto, poco a poco llegué al puerto…

 

Poco a poco Miguel se acerca al puerto, ese puerto que tan bien conoce, ese puerto que le ha visto salir por diversos motivos. Contempla la bocana prieta que encierra las serenas aguas del Mediterráneo, que ha navegado de poniente a levante y de levante a poniente.

Estamos en 1602 y Miguel continúa trabajando como recaudador a las órdenes del rey. Lleva quince años desempeñando esta actividad que tantos conflictos y problemas le ha proporcionado. Está cansado pero se siente atrapado. Las deudas, las urgencias familiares, todo ello le obligan a seguir adelante. Hay momentos en los que quisiera tirar la toalla y refugiarse, como hace años en Esquivias y escribir sin que nadie le perturbe ni la justicia le persiga.

Con esto poco a poco llegué al puerto

a quien los de Cartago dieron nombre…

Sueña mirando los altos montes que protegen la rada y compara este puerto con todos aquellos que ha conocido: Denia, Génova, Nápoles, Argel…

Tal como le comenta El Quijote a Sancho piensa: Mal cristiano eres, Sancho… porque nunca olvidas la injuria que una vez te han hecho.

Él ha tenido que olvidar demasiadas injurias, demasiados sufrimientos. Recuerda a su hermano Rodrigo con el que sufrió las penurias de la guerra y el cautiverio...

Ha llegado Miguel de Cervantes al puerto de Cartagena, procedente de Murcia, tal vez desde Sevilla, en donde vivió en otro tiempo. Desde que nació en 1547 en Alcalá de Henares, ha recorrido mucho mundo, primero siguiendo a su familia, conoce Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid. En Madrid, en 1569 algo oscuro ocurre en las viejas calles del Madrid de los Austrias y nuestro personaje debe huir de España si no quiere perder su mano derecha ¡qué ironía!, al marchar fuera de su patria salva su mano derecha pero perderá la movilidad de la izquierda allá en Lepanto.

         En una información legal elaborada ocho años más tarde de la célebre batalla se dice:

Cuando se reconosció el armada del Turco, en la dicha batalla naval, el dicho Miguel de Cervantes estaba malo y con calentura, y el dicho capitán... y otros muchos amigos suyos le dijeron que, pues estaba enfermo y con calentura, que estuviese quedo abajo en la cámara de la galera; y el dicho Miguel de Cervantes respondió que qué dirían de él, y que no hacía lo que debía, y que más quería morir peleando por Dios y por su rey, que no meterse so cubierta, y que con su salud... Y peleó como valente soldado con los dichos turcos en la dicha batalla en el lugar del esquife, como su capitán lo mandó y le dio orden, con otros soldados. Y acabada la batalla, como el señor don Juan supo y entendió cuán bien lo había hecho y peleado el dicho Miguel de Cervantes, le acrescentó y le dio cuatro ducados más de su paga...

De la dicha batalla naval salió herido de dos arcabuzazos en el pecho y en una mano, de que quedó estropeado de la dicha mano.De ahí procede el apodo de Manco de Lepanto,que se interpreta mal, pues la mano izquierda no le fue cortada, sino que se le anquilosó al perder el movimiento de ella cuando un trozo de plomo le seccionó un nervio; estaba, pues, tullido de la mano izquierda. Aquellas heridas no debieron ser demasiado graves pues, tras seis meses de permanencia en un hospital de Messina, Cervantes reanudó su vida militar, Después recorrió lasprincipales ciudades de SiciliaCerdeñaGénova y la Lombardía y permaneció finalmente dos años en Nápoles, hasta 1575.

Cervantes siempre se mostró muy orgulloso de haber luchado en la batalla de Lepanto, que para él fue, como escribió en el prólogo de la segunda parte del Quijote.: “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”.

No es esta la primera vez que Miguel llega al puerto de Cartagena, tal vez sea la tercera. Recuerda ahora, mirando la tranquila rada, aquella primera vez en la que huyendo de la justicia se unió al cortejo que acompañaba al Cardenal Aquaviva en 1568. La primera vez que descubría el mar y tuvo la suerte de que fuese precisamente en Cartagena. Cabota por Valencia, Barcelona, golfo de Lyon y costa italiana.Posteriormente conocerá otros puertos: Génova, Nápoles, Sicilia, pero ninguno hará que olvide el puerto de Cartagena.

Con esto, poco a poco llegue al puerto

a quien los de Cartago dieron nombre,

cerrado a todos vientos y encubierto.

Que necesitado estaba nuestro personaje de la calma que le ofrece el puerto de Cartagena. ¡Cuántas historias ha podido vivir este ilustre castellano, nacido en tierra adentro allende los mares!

¿Quién le iba a decir que cuando regresaba con su hermano Rodrigo,tras siete años de ausencia y deseando reunirse con sus seres queridos, fuera apresado el barco que les conducía a España y terminan siendo presos en Argel?

Hay que reconocer que para ser escritor no basta con saber ligar palabras, hay que poseer un bagaje cultural, pero sobre todo hay que contar con experiencias que aporten a lo escrito situaciones en las que se puedan mezclar la realidad vivida con la imaginación que el genio literario posea.

Cervantes, nuestro protagonista, ha vivido muchas vidas a lo largo de los años: Su infancia y juventud recorriendo España de norte a sur: más adelante su marcha a Italia, el ambiente cortesano de la Roma Papal, el mundo de la milicia y las batallas, pero los cinco años en Argel lo debieron de enriquecer aún mucho más. El sufrimiento marca el carácter de las personas y él debió sufrir todo tipo de experiencias.

 Durante su regreso desde Nápoles a España a bordo de la galera Sol, una flotilla turca comandada por MamiArnaute hizo presos a Miguel y a su hermano Rodrigo, el 26 de septiembre de 1575. Fueron capturados a la altura de Cadaqués de Rosas o Palamós, en la actualidad llamada Costa Brava, y llevados a Argel. Cervantes es adjudicado como esclavo al renegado griego DaliMamí. El hecho de habérsele encontrado en su poder las cartas de recomendación que llevaba de don Juan de Austria y del Duque de Sessa hizo pensar a sus captores que Cervantes era una persona muy importante y por quien podrían conseguir un buen rescate. Pidieron quinientos escudos de oro por su libertad.

En los cinco años de aprisionamiento, Cervantes, hombre nada acomodaticio y con un fuerte espíritu y motivación, trató de escapar en cuatro ocasiones organizando él mismo los cuatro intentos. Para evitar represalias en sus compañeros de cautiverio, se hizo responsable de todo ante sus enemigos y prefirió la tortura a la delación. Gracias a la información oficial y al libro de fray Diego de Haedo Topografía e historia general de Argel (1612), tenemos posesión de noticias importantes sobre el cautiverio. Tales notas se complementan con sus comedias Los tratos de ArgelLos baños de Argel y el relato conocido como "historia del Cautivo" inserto en la primera parte del Quijote, entre los capítulos 39 y 41.

El primer intento de fuga fracasó, porque el moro que tenía que conducir a Cervantes y a sus compañeros a Orán los abandonó en la primera jornada. Los presos tuvieron que regresar a Argel, donde fueron encadenados y vigilados más que antes. Mientras tanto, la madre de Cervantes había conseguido reunir cierta cantidad de ducados con la esperanza de poder rescatar a sus dos hijos. En 1577 se concertaron los tratos, pero la cantidad no era suficiente para rescatar a los dos. Miguel prefirió que fuera puesto en libertad su hermano Rodrigo, quien regresó a España. Rodrigo llevaba un plan elaborado por su hermano para liberarlo a él y a sus catorce o quince compañeros más. Cervantes se reunió con los otros presos en una cueva oculta, en espera de una galera española que vendría a recogerlos. La galera, efectivamente, llegó e intentó acercarse por dos veces a la playa; pero, finalmente, fue apresada. Los cristianos escondidos en la cueva también fueron descubiertos, debido a la delación de un cómplice traidor, apodado El Dorador. Cervantes se declaró como único responsable de organizar la evasión e inducir a sus compañeros. El bey (gobernador turco) de Argel, Azán Bajá, lo encerró en su «baño» o presidio, cargado de cadenas, donde permaneció durante cinco meses. El tercer intento lo trazó Cervantes con la finalidad de llegar por tierra hasta Orán. Envió allí a un moro fiel con cartas para Martín de Córdoba, general de aquella plaza, explicándole el plan y pidiéndole guías. Sin embargo, el mensajero fue preso y las cartas descubiertas. En ellas se demostraba que era el propio Miguel de Cervantes quien lo había tramado todo. Fue condenado a recibir dos mil palos, sentencia que no se cumplió porque muchos fueron los que intercedieron por él. El último intento de escapar se produjo gracias a una importante suma de dinero que le entregó un mercader valenciano que estaba en Argel. Cervantes adquirió una fragata capaz de transportar a sesenta cautivos cristianos. Cuando todo estaba a punto de solucionarse, uno de los que debían ser liberados, el ex dominico doctor Juan Blanco de Paz, reveló todo el plan a Azán Bajá. Como recompensa el traidor recibió un escudo y una jarra de manteca. Azán Bajá trasladó a Cervantes a una prisión más segura, en su mismo palacio. En mayo de 1580, llegaron a Argel los padres trinitarios (esa orden se ocupaba en tratar de liberar cautivos, incluso se cambiaban por ellos). Fray Antonio de la Bella yfray Juan Gil partieron con una expedición de rescatados. Fray Juan Gil, que únicamente disponía de trescientos escudos, trató de rescatar a Cervantes, por el cual se exigían quinientos. El fraile se ocupó de recolectar entre los mercaderes cristianos la cantidad que faltaba. La reunió cuando Cervantes estaba ya en una de las galeras en que Azán Bajá zarparía rumbo a Constantinopla, atado con «dos cadenas y un grillo». Gracias a los 500 escudos tan arduamente reunidos, Cervantes es liberado el 19 de septiembre de 1580. El 24 de octubre regresó, al fin, a España con otros cautivos también rescatados. Llegó a Denia, desde donde se trasladó a Valencia. En noviembre o diciembre regresa con su familia a Madrid.

Con toda razón dice El Hidalgo a su criado:"La libertad, querido Sancho, es uno de las más preciados dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad se puede y debe aventurar la vida."

Con esto poco a poco llegué al puerto

a quien los de Cartago dieron nombre,

cerrado a todos vientos y encubierto

ya cuyo claro y singular renombre…

 Escribe estos versos en 1614 en Viaje del Parnaso:

Yo, que siempre trabajo y me desvelo

por parecer que tengo de poeta

la gracia que no quiso darme el cielo

En 1614 la muerte del autor está ya próxima, morirá dos años después, el 23 de abril, fecha en la que se le hace coincidir con el fallecimiento de Shakespeare, uno de los múltiples errores que circulan sobre la vida de Cervantes: Ni era manco ni coincidió en la fecha de su muerte:

         Lo cierto es que Cervantes si murió un 23 de abril según el calendario gregoriano, pero la fecha de muerte de Shakespeare sería 3 de mayo si usamos el mismo calendario. La coincidencia de fechas se da porque Inglaterra aún utilizaba el calendario juliano. Si parece, en cambio, que es cierto que el gran autor inglés conocía y admiraba a nuestro español universal, aunque el único dato seguro es que Shakespeare leyó la primera parte del Quijote y que hay una obra perdida de la que se conserva un resumen en la que el inglés retoma el personaje de Cardenio que  aparece en un episodio de la principal obra de Cervantes.

Cardenio es una pieza teatral perdida de teatro atribuida a John Fletcher y William Shakespeare, titulada Historia de Cardenio. También se conoce como "Historia del loco Cardenio" o, simplemente, Cardenio. La existencia de la obra se conoce porque fue representada dos veces por la compañía de teatro inglesa King'sMen en 1613. El nombre se deriva de un personaje ficticio de la primera parte de la novela Don Quijote de la Mancha (1605). Cardenio era un personaje que Don Quijote y Sancho se encontraron cuando iban por un bosque de Sierra Morena, en Andalucía. Cardenio les explica una historia de amor y desventura con una joven llamada Lucinda. La historia y el personaje impresionan mucho al Quijote.

Pero sigamos con Don Miguel de Cervantes Saavedra mirando el mar desde el puerto de Cartagena. Suponemos que la primera vez, joven, sin experiencia y huyendo de la justicia, no se fijaría demasiado en nuestra bahía.  La segunda vez, en 1581, cuando vuelve para embarcar a Orán, como espía o algo así. Tal vez. Lleva cartas secretas para el Alcaide de la plaza y el de la vecina Mostagacem. Recibe 100 escudos por ello. Ya ha estado cinco años cautivo en Argel, y el encargo lo toma como meritoriaje, equivocadamente.

         No son ocasiones gratas, pero él recuerda esta tierra a la que ahora ha vuelto por tercera vez, no para embarcar sino como recaudador de impuestos. Otro oficio, otro  destino, otro cúmulo de desgracias:

Tras un lustro de cautiverio en Argel, Cervantes regresa a Madrid. Tenía treinta y tres años y había pasado los últimos diez entre la guerra y la prisión; la situación de su familia, empobrecida y endeudada, reflejaba en cierto modo la profunda crisis general del imperio, que se agravaría luego de la derrota de la Armada Invencible en 1588. Al retornar, Cervantes renunció a la carrera militar, se entusiasmó con las perspectivas de prosperidad de los funcionarios de Indias, trató de obtener un puesto en América y fracasó. Mientras tanto, fruto de sus relaciones clandestinas con una joven casada, Ana de Villafranca (o Ana de Rojas), nació una hija, Isabel, criada por su madre y por el que aparecía como su padre putativo, Alonso Rodríguez.Cervantes se dedica a escribir comedias, aunque sabía que mal podía competir él, todavía respetuoso de las normas clásicas, con el nuevo modo de Lope de vega, dueño absoluto de la escena española. Las dos primeras (La comedia de la confusión y Tratado de Constantinopla y muerte de Selim, escritas hacia 1585 y desaparecidas ambas) obtuvieron relativo éxito en sus representaciones, pero Cervantes fue vencido por el vendaval lopesco, y a pesar de las veinte o treinta obras compuesta en esta etapa (de las que sólo conocemos nueve títulos y dos textos, Los tratos de Argel y Numancia), alrededor de 1600 había dejado de escribir comedias, actividad que retomaría al fin de sus días.

A los treinta y siete años, Cervantes contrajo matrimonio; su novia, Catalina de Salazar y Palacios, era de una familia de Esquivias, pueblo campesino de La Mancha. Tenía sólo dieciocho años; no obstante, no parece haber sido una unión signada por el amor.

Entre 1585 y 1600 Cervantes fijó su residencia en Esquivias, pero solía visitar Madrid solo; allí alternaba con los escritores de su tiempo, leía sus obras y mantenía una permanente querella con Lope de Vega, que había sido su amigo hasta entonces, pero con el que tuvo un enfrentamiento verbal y escrito hasta su muerte.

Muchas veces los estudiosos del mundo literario se han preguntado porqué un escritor tan prodigioso como Fray Félix Lope de Vega Carpio, reconocido desde temprana edad como “el monstruo de la naturaleza”, pero que además era agraciado, exitoso con las damas, famoso y adinerado, perdía su tiempo desacreditando a un hombre como Miguel de Cervantes, viejo, manco, con fama de poeta mediocre, desafortunado en amores, y para colmos, tartamudo, desdentado y paupérrimo?

Porque en verdad, Lope enquistó su enemistad con el autor de La Galatea desde muy joven, cuando aún éste no había conquistado la celebridad que le deparó la publicación de la primera parte del Quijote. Cuando esto último ocurrió, el llamado “Fénix de los Ingenios”, arreció con tal obsesión su animadversión que no son pocos los que aseguran que bajo el seudónimo de “Alonso Fernández de Avellaneda” se lanzó a escribir una segunda parte apócrifa, con el fin de dejar por el suelo el nombre, al fin reconocido, de su gratuito rival.

            Habiendo publicado Cervantes en 1605 la primera parte de Don Quijote de la Mancha se trasladó a vivir a Madrid a la Calle de la Magdalena, esquina a la de Francos, donde tendría como vecinos a don Luis de Góngora, entonces de 45 años, a don Francisco de Quevedo, quien contaba con sólo 25 años y a don Lope de Vega, de 40. A pesar del éxito obtenido por su libro y de la agradable vida de que disfrutaba en esos años, Cervantes, ya sexagenario, no pudo evitar el desprecio, la envidia y el antagonismo demostrado por el autor de Fuenteovejuna, por causas que aún se desconocen, pues hasta comienzos del siglo los dos ingenios eran, por lo menos, amigos de trato afectuoso: Lope había incluido a Cervantes entre los poetas esculpidos en el Palacio de la Poesía “La Arcadia” y éste había elogiado a aquel en su primera novela, La Galatea, en 1585.

Sin por qué y sin de dónde, en 1605, Lope escribió a un amigo: “No conozco ningún poeta tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote“, a lo que don Miguel replicó ironizando sobre cómo Lope se había valido de poemas laudatorios de príncipes, damas y obispos para iniciar sus libros y que hacía gala de una erudición que no tenía. O simplemente afirmaba que era un pedante y un simulador de cultura.

            El Quijote apócrifo, publicado en 1614, fue escrito bajo seudónimo por Lope o por algún amigo suyo. Allí Cervanteses insultado y se le tilda de “viejo, manco, amargado y envidioso”. Además, y esto es lo más reprobable, se burlan de la pobreza y de la mala suerte que siempre acompañaron al Manco de Lepanto.

            En el prólogo de la segunda parte de Don Quijote, publicado en 1615, Cervantes se saca el clavo contra Lope: “No tengo yo de perseguir a ningún sacerdote y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio, y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo; que de tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa”.  Allí Cervantes aludía a la ordenación sacerdotal de Lope el año anterior, aunque su “ocupación” no fue ni sería jamás virtuosa. Cervantes murió al año siguiente y Lope lo sobrevivió 19 años. Con los siglos creció la gloria literaria de ambos, pero la de Cervantes fue tan grande que llegó a eclipsar la de su adversario.

Una vez más queda demostrado que la envidia es uno de los pecados literarios más inútiles y estériles, Ya en el capítulo 8 del Quijote en donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso dice el autor:

“¡Oh, envidia, raíz de infinitos males, y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias”. 

         En 1587 ingresó en la Academia Imitatoria, primer círculo literario madrileño, y ese mismo año fue designado comisario real de abastos (recaudador de especies) para la Armada Invencible. También este destino le fue adverso: en Écija se enfrentó con la Iglesia por su excesivo celo recaudatorio y fue excomulgado; en Castro del Río fue encarcelado (1592), acusado de vender parte del trigo requisado. Al morir su madre en 1594, abandonó Andalucía y volvió a Madrid.

Pero las penurias económicas siguieron acompañándole. Nombrado recaudador de impuestos, quebró el banquero a quien había entregado importantes sumas y en 1597, Cervantes dio con sus huesos en la Cárcel Real de Sevilla, donde permaneció cinco meses. En esta época de extrema carencia comenzó probablemente la redacción del Quijote, ya que se dice que en los diversos periodos en que estuvo presoaprovechó el tiempopara escribir parte de la que sería su obra más Importante: Don Quijote de la Mancha, publicada en 1604, 12 años antes de su muerte, es un pilar del canon literario, pero tristemente, Cervantes nunca recibió paga alguna por tan importante e influyente obra.

Entre 1604 y 1606, la familia de Cervantes, su esposa, sus hermanas y su aguerrida hija natural, así como sus sobrinas, siguieron a la corte a Valladolid, hasta que el rey Felipe III ordenó el retorno a Madrid.

 

 

¿Sabéis una cosa curiosa? No existe ninguna imagen del auténtico rostro de Miguel de Cervantes. Todas las ilustraciones que conocemos están realizadas teniendo en cuenta la información que él u otras personas de su entorno nos han dejado. Cervantes en 1613 se describe minuciosamente en el prólogo al lector de sus «Novelas ejemplares»:

«Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de "La Galatea" y de "Don Quijote de la Mancha"...»

Sin embargo, Lope de Vega era tan popular en aquel tiempo que
pasó por ser el vecino más famoso, tanto que se llegó a decir que en las casas del barrio además de un crucifijo colgaban un retrato del Fénix de los Ingenios.

 Ahora está Don Miguel de Cervantes Saavedra en 1602, mirando, tal vez por última vez, el puerto de Cartagena. Se ha desplazado desde Murcia, donde lleva una semana alojado por su actividad como recaudador. No ha podido resistir la tentación. Aún faltan dos años para que salga de la imprenta “Viaje del Parnaso”, pero él ya lleva en su memoria la imagen de este puerto, ¡él que ha visto tantos puertos! Puede afirmar en el último verso del piropo lingüístico dedicado a Cartagena que ante este puerto nuestro: Se postran cuantos puertos el mar baña,descubre el sol y ha navegado el hombre.

Ya lo dijo Andrea Doria un siglo antes: “No hay navegación más segura que Julio, Agosto y el puerto de Cartagena.

 

Con esto poco a poco llegué al puerto

a quien los de Cartago dieron nombre,

cerrado a todos vientos y encubierto

y a cuyo claro y singular renombre

se postran cuantos puertos el mar baña,

descubre el sol y ha navegado el hombre.